En la familia que posee el taller donde se fabrican las minorquinas, el amor por el calzado se remonta a 1929. Cansado de las duras condiciones de trabajo en el campo, el abuelo decidió, a principios de los años 20, probar suerte en la ciudad. Encontró rápidamente trabajo en el sector del calzado y, en 1929, comenzó a fabricar zapatos a medida.
Sus dos hijos se unieron al pequeño taller tan pronto como tuvieron edad suficiente. En 1965, el hijo mayor, heredero del taller de zapatos tradicionales, reconoció el potencial de las avarcas. Por aquel entonces, solo se producían a mano y en series muy pequeñas. Su decisión estaba tomada: dedicaría su vida a las avarcas.
Para aumentar la producción, subcontrató trabajo en Menorca y en la península, aplicando los métodos de fabricación y los estándares de calidad enseñados por su padre. Hasta el final de su vida, inspeccionó personalmente cada par antes de enviarlo a las tiendas.
Luego llegaron los años 80: empezó a vender sus avarcas más allá de las costas menorquinas. Viajó a Mallorca, Ibiza, Formentera, Cataluña, Valencia y a otras regiones de la península ibérica.
También introdujo nuevas modificaciones para mejorar la comodidad y garantizar una sujeción impecable. Para responder a la demanda de una avarca más ligera, imaginó una suela de goma y amplió la gama de colores y cueros.
El éxito no tardó en llegar.
Desde entonces, las menorquinas han conquistado toda España… Un guiño a la historia: ¡la familia real las lleva cada verano!